Compartir
saliendo-de-la-burbuja

Saliendo de la burbuja 

Esto es lo que vivió Silvina Yabo, una persona como vos y como yo, que al enterarse de lo que sucedía en el comedor Todos por una Sonrisa, en La Plata, no se quedó de brazos cruzados y decidió hacer algo por las 350 personas que buscan su plato de comida. 

Cuando compré esta libreta hace ya un año, jamás imagine cuál sería el primer escrito. Supongo sería alguna idea comercial o un proyecto para realizar.

Creo que proyecto fue el destino final.

Mi relato está disparado, igual que se dispara un tiro certero al corazón.

Hace apenas una semana llegó a mí la noticia de un comedor en la ciudad de La Plata, que no tenía alimentos para poder ofrecer una comida a las 350 personas que asisten a diario.

Algo muy común en mí, es sentir un mundo de sensaciones... a saber:

  • ¿Qué hago?
  • ¿Puedo hacerlo sola?
  • ¿Será suficiente?
  • ¿Lo importante es sumar?
  • ¿Seré bien recibida?
  • ¿Será un lugar peligroso?
  • Debo decir que lo desconocido me generó algún temor.

Pero todas esas preguntas se canalizaron en una sola respuesta, “voy a ir con todo lo mejor que pueda y seguro seré bien recibida”.

Entonces decidí escribirle a Maria Díaz. No lo olvido, fue un viernes a las 21hs. Todas y cada una de sus respuestas fueron amorosas, como ella, quien llego a este país hace 10 años con la expectativa de estudiar y forjarse un futuro exitoso. El destino tenía otros planes e hizo que se comprometiera con la gente que la rodeaba en su barrio, un lugar con buena gente llena de necesidades.

Sin más prólogo, junté toda la ropa que había en mi casa, de mis hijas y mía, con la condición de que estuviera en excelente estado y sabiendo que había mucho más de lo necesario... Separé todo aquello que sirviese para que alguien no tuviese frío o simplemente pueda sentirse arreglado, creo que cuando uno se siente bien y a gusto, es una manera de sentirse digno. Con esa premisa también busque libros de lectura primaria, seguro que, en algún almuerzo, algún niño tuviera la curiosidad en principio de mirarlo.

Luego de algunas compras de alimentos y haber cargado en mi auto las donaciones, puse música, aire acondicionado, GPS y tome rumbo a La Plata.

El porqué de esta descripción del confort en el cual me movía tiene un motivo: era agradable trasladarme de esa forma, con expectativas y con ganas de hacer llegar esas cosas a María, lugar al cual cuando llegué carecía de todas esas comodidades “básicas” a las que estoy acostumbrada a vivir y a hacer uso.

No pretendo crear dramatismo, simplemente transmitir una visión de lo que vi al llegar.

Unos 300 metros antes de mi destino el panorama cambió por completo. No más asfalto, “Bienvenido al barro”, ese que te moja las zapatillas, si tenés la suerte de tener un par…

Pregunté: ¿Me dirías dónde es el comedor de Maria? Y esa mujer que me miró en principio con desconfianza, repentinamente me regaló una sonrisa y me indicó cómo llegar.

El panorama no podía ser mejor. En la puerta el comedor había unos 30 niños con globos y varias tortas decoradas con gomitas masticables. Todo indicaba que era el punto cúlmine de un festejo. Ese era el festejo de todos los cumpleaños de los chicos que cumplían ese mes y se celebra, según el mes, el último sábado o bien el primer sábado del mes siguiente. No solo los niños cantaron el Feliz Cumple también los vecinos del comedor que se acercaron a buscar su porción de torta. No faltó la bolsita con caramelos para todos, la cara de esos pibes era un paralelo con el pibe que visita Disney por primera vez.

A esta altura no podía evitar que las lágrimas brotaran de mis ojos. Algo tan habitual para gente como yo que para los festejos de nuestros hijos jamás dudo si tendría una torta, velitas y globos.

Me invadió el sentimiento “Soy una boluda... vivo en un termo

Me sentía poca cosa, banal... pero Maria me abrazo, me dijo “qué bueno que viniste” y le conté tal cual como me sentía, sin vergüenza de parecer una tarada. Su mirada fue amor y agradecimiento. Nada de resentimiento ni algún sentimiento oscuro, como los que yo había experimentado sobre mi persona.

Luego de terminado el festejo, me ayudaron a bajar lo que había llevado, tanto niños como adultos. Pensé que tal vez molestaba o los incomodaba, no quería pleitesía ni agradecimiento, quería llorar con libertad, María me abrazo y lloro conmigo.

Me invitó a quedarme con ellos, me presento a su familia, amigos y colaboradores, entre ellos mujeres que habían vivido situaciones de violencia y, como si fuera poco, también sufrieron desnutrición al igual que sus hijos y desde que comen con Maria pudieron recuperar el habla, tener un espacio, que es su red de contención, y que, además, les brinda la posibilidad de aprender a leer y escribir y con eso poder firmar un escrito y conocer sus derechos.

Nicole su hija mayor, quien tiene una hija preciosa, tiene la garra de una leona y está firme junto a su mamá, la banca, la acompaña y además estudia y seguramente será una gran asistente social. También conocí a su pareja, quien tenía la cara destrozada a golpes por haber evitado que a una vecina le robaran todo. Tenía la mano lastimada porque se la había cortado con un machete... Machete el que vos y yo sabemos que se usa para desmalezar el campo, ese mismo, acá se usa para atacar a un par con las mismas necesidades insatisfechas.

No quiero tener un costado amarillo, pero sí, contar lo que vi, sin endulzar o hacer más agradable esta cruel realidad.

También conocí a Rama que es músico y su forma de colaborar es recolectar las donaciones como las que hacen las verdulerías de la zona, porque cuando la mercadería ya no la pueden vender porque se echó a perder, la donan y María prepara algún guiso para toda su gente.

Maria cocina, si tiene garrafa, con una cocina doméstica de cuatro hornallas, pero, si no tiene comida, ¿puede comprar una garrafa que sale $ 1500? Imposible. Entonces sus colaboradores juntan leña y madera con una carreta y así, en sus ollas de aluminio reluciente, preparan un plato caliente para niños, abuelos y todo aquel que golpee la puerta.

La necesidad es enorme y directamente proporcional a la generosidad con que se brinda atención, contención, comida y amor.

Ojalá seamos muchos lo que podamos salir de nuestra burbuja y zona de confort para involucrarnos, mirar a nuestro par, romper prejuicios, ser más humanos y empáticos.

Ojalá todos tengamos a alguien que nos despierte esas ganas de hacer, yo tuve la suerte de tenerlo. Gracias Mariano (Mariano Masciocchi, presidente de ¿Me regalas una hora?) por transmitir con tu compromiso y con tu ejemplo las ganas de ir por más.

Necesitamos ser más y juntos, no caigamos en el cliché de esperar del Estado, de otro, de quien corresponda. Se puede y se debe hacer mucho más.

Les aseguro que mi corazón y alma se regocijaron en esas horas que compartí junto a Maria y su gente.

Juntemos fuerzas, ganas y hagamos desde nuestro humilde lugar... un lugar mejor.

Silvina Yabo

 
  • Autor: Web Master
  • Fecha: hace 3 semanas
  • Visitas: 7
  • Categorías:

Nos acompañan

Si pertenecés a una empresa y querés donar o colaborar ¡Contactanos!